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miércoles, 11 de febrero de 2015

Judíos en el Valle del Jarama: La Judería de Uceda

Vista del Ayuntamiento de Uceda. Parte de la antigua Cartuja. Plaza Mayor.
Asomada a la cornisa del alto valle del río Jarama, se encuentra la localidad que daría durante un amplio periodo tiempo en la edad media, nombre a las tierras que la circundaban; La villa de Uceda, ahora población reducida, fue junto a la cercana Torrelaguna, una de las poblaciones más importantes de este extremo de la campiña alcarreña. Y es que la historia de esta villa estará siempre condicionada por su  localización geográfica.

Con restos del Paleolítico, de la edad de bronce y de un pequeño segmento de una calzada romana a los pies de la villa, en la llamada cuesta de la  Varga (nombre posiblemente de origen celtíbero de la voz “berg”, altura), se confirma que la villa ya tuvo pobladores por ser un lugar con un amplio control sobre el alto valle del Jarama. De hecho, el mismo topónimo de la villa parece provenir, según algunos historiadores, de la antigua ciudad romana “Vescelia” o “Uscelia”, conquistada por las tropas romanas hacia el 190 a.c. ya que este lugar poseía cierto valor estratégico.

Restos del Castillo de Uceda.
Bajo dominio visigodo, la zona no resalta significativamente, siendo rápidamente conquistada por los musulmanes cuando entran en la Península Ibérica en el 714. Sin embargo, éstos si se interesan de nuevo por su posición, y construyen una fortificación y unas murallas hacia el S. IX., hoy prácticamente desaparecidos y de los que tan sólo quedan vestigios mal conservados. El castillo, al ser inexpugnable por sus lados norte y oeste, que dan al  valle del Jarama y quedando unido al pueblo sólo al este, fue una plaza de difícil conquista por parte de las tropas cristianas durante el avance de los reinos cristianos hacia el sur.

La primera referencia de Uceda aparece hacia el 1040, cuando Fernando I de León conquista su fortaleza cuando lucha contra las tropas musulmanas de otra plaza fortificada como fue Buitrago de Lozoya

Hay autores que afirman que el nombre de la villa de Uceda proviene de Iudea (Judea), debido a la gran cantidad de judíos que vivían en esta localidad durante esta época alto medieval, aunque de momento no está del todo corroborado. Julio Caro Baroja en su libro “Los judíos en la España moderna y contemporánea”, Vol.3, indica que a los naturales de Uceda y de poblaciones cercanas dependientes de esta localidad, se les apoda “judíos”. De hecho hay un pequeño soneto que dice:

Si vas al Cubillo, lleva pan en el Bolsillo.
En Uceda son judíos, las campanas lo declaran,
En el Cubillo tramposos, porque deben y no pagan”.

Lo que sí confirma es que durante mucho tiempo, la población judía fue abundante en la villa de Uceda.

Tras la toma de Alfonso VI de Toledo hacia el 1085, Uceda pasa definitivamente a manos cristianas, y por su posición estratégica, bajo poder directo de los Reyes de Castilla, otorgándoles éstos fuero propio y un amplio control sobre el territorio de la Comunidad de Villa yTierra de Uceda.


La presencia judía en Uceda queda registrada en el Padrón de Huete. De las dieciséis aljamas y juderías que se registran en el espacio al sur del Sistema Central, la judería de Uceda no sobresale como  importante, aunque sí, tal como aclararía Carlos Carrete Parrondo en su obra  «El repartimiento de Huete de 1290», a lo largo de la baja edad media iría adquiriendo mayor importancia, junto a las de Alcalá de Henares, Buitrago o Zorita.

Considerada como Judería menor, es decir, sin rango de Aljama, tributó unos 2.841 maravedíes dando, según palabras de González en su libro “Repoblación de Castilla" , hasta 200 hebreos.

Posiblemente, al igual que en otras partes de Castilla, los judíos de Uceda tenían como principal profesión la del comercio; el tránsito entre uno y otro lado de la Sierra Somosierra, y las vías entre Buitrago e Hita hiceron de uceda un centro un importante de transacciones donde numerosos comerciantes judíos pudieron ubicarse. 

Durante los ataques antijudíos que se produjeron a lo largo de la península en 1391, parece que la judería de Uceda se mantuvo relativamente tranquila, como indica  Gonzalo Viñuales Ferreiro en su trabajo “El pogrom de 1391 en la diócesis de Toledo. ¿Legitimidad, identidad y violencia en la castilla de la baja edad media?“ [3],  debido a la protección que le procuró la Casa del Infantado, ya que Uceda estuvo bajo proteccion de Los Mendoza durante el siglo XIV y XV, como el resto de la provincia de Guadalajara.

Hacia los años 1463 y 1464, Uceda, junto con Alcalá de Henares, Torrelaguna, Talamanca y Mondéjar, tributaban del orden de 800 a 1200 maravedíes y Madoz estima que en el S. XVI, la villa contaría con 500 vecinos, es decir, 2.500 almas. Y hacia el 1474, en el repartimiento realizado por el por Rabí Jacob Aben-Núñez, juez mayor de los judíos y médico del rey  Enrique IV, Uceda contribuye con 800 maravedíes (Amador de los Ríos, Historia, tomo III, pág. 599 y 600). Por lo que todo indica que hacia finales del S. XV la población judía en Uceda habría aumentado considerablemente.

«El aljama de los judíos de Tordelaguna, é sin los judíos de Uceda é Talamanca, mil maravedís. El aljama de los judíos de Uceda, ochocientos maravedís. Los judíos de Talamanca é de Algete, setecientos maravedís. El aljama de los judíos de Buitrago, tres mil é trescientos maravedís. El aljama de los judíos de Alcalá de Henares, sin los judíos que moran en Cobeña, cinco mil maravedís. Los judíos que moran en Cobeña, quinientos maravedís. Los judíos que moran en Madrid, con los judíos que moran en Ciempozuelos, é en Pinto, é en Barajas é en Torrejón de Velasco, mil é doscientos maravedís.»

Llegado el año 1492, los judíos de Uceda y de la Tierra de Uceda se ven forzados o a marcharse del reino de Castilla o convertirse. La mayoría huirían hacia Portugal, aunque muchos otros, tal como lo confirman en los numerosos procesos inquisitoriales de los años siguientes, preferirán la coversión.

En el proceso inquisitorial seguido contra Francisco de Murcia, converso, vecino de Uceda, aparece como testigo de abono un Francisco Pérez, escribano, vecino de Torrelaguna, de unos cuarenta y ocho años, que «no sabe dónde se volvió chistiano porque era chico». Su padre, madre y hermanos se habían bautizado en Torrelaguna, «el mismo año que tos judíos fueron echados de Castilla».

En otro proceso, este contra Diego de Acosta, otro vecino de Uceda, figura: mujer de Sebastián de la Vega, vecino de Uceda, que tenía un hermano en Torrelaguna «christiano nuevo de judio» y que en 1492, «su madre fue con ellos a Cartagena para desde allí salir fuera de España, pero allí se bautizaron todos».

También hay documentado el hecho de que un judío de la villa de Uceda y que huyó de la persecución de la Inquisición, tenía en propiedad más de 300 mulas, comerciaba directamente con portugueses, y hacia Portugal huyó desde la zona.

Por último, hay que resaltar que una de las figuras más veneradas de Madrid, SantaMaría de la Cabeza, María Toribia, fue oriunda de Caraquiz, (otros autores la localizan en la cercana villa de Cobeña) y de origen judeoconverso a finales del siglo XI o principios del XII. Parece que sus primeros años vivió en Uceda hasta la muerte de sus padres, en la que se trasladaría a Torrelaguna a vivir con unos parientes.

Zona donde se ubicó en la edad media el entramado urbanístico intramuros de Uceda.
En cuanto a la localización de la población judía en Uceda, no hay o, de momento, no se han encontrado restos arqueológicos que den pie a localizarla. Tampoco hay constancia de sinagoga o carnicería que diesen servicio a la comunidad. Es posible que la comunidad habitara el arrabal de la villa, es decir, viviera extramuros durante la baja edad media, lo que hoy en día ha dado lugar al entramado urbanístico de la villa.

Calle de San Juan. Zona del Arrabal y actual zona urbana de Uceda.
 

Bibliografía:

[1] Las juderías medievales en la provincia de Guadalajara. Francisco Cantera y Burgos, Carlos Carrete Parrondo
Sefarad: Revista de Estudios Hebraicos y Sefardíes, ISSN 0037-0894, Año 33, Nº. 1, 1973 , págs. 3-44
[2] La Inquisición de Torquemada. Secretos íntimos / Isidore Loeb, H. Graetz, Fidel Fita
[3] El pogrom de 1391 en la diócesis de Toledo. ¿legitimidad, identidad y violencia en la castilla de la baja edad media? Gonzalo Viñuales Ferreiro. Universidad Rey Juan Carlos

[4] Judíos y conversos de Torretaguna (Madrid) en tiempos de la expulsión. Enrique Cantera Montenegro. Universidad de Madrid.
[5] «El repartimiento de Huete de 1290», en Sefarad, XXXVI, (1976), p. 127. Carlos CARRETE PARRONDO
[6] “Los judíos en la España moderna y contemporánea”, Vol.3 Julio Caro Baroja en su libro
[7] Gentilicios españoles. Tomás de la Torre Aparicio y José de la Torre
[8] Santa María de la Cabeza, única santa nacida en la provincia de Guadalajara (Carquiz, Uceda), de origen judeoconverso. Teresa Díaz Díaz

sábado, 7 de septiembre de 2013

La Aljama de Guadalajara (I)

La ciudad de Guadalajara, como ha ocurrido en tantas otras localidades de la península, poco tiene en la actualidad que mostrar sobre su esplendoroso pasado. Es por este motivo que muchos autores han llegado a comentar de Guadalajara que, por haber sido tierra fronteriza y escenario de conflictos y guerras, ha sido una ciudad con mala suerte. Se suele decir que la ciudad alcarreña tiene más gloria en los libros que recogen las crónicas de su pasado que en lo que hoy en día atesora y que no podemos ver, y sin duda alguna, uno de esos tesoros que no podemos ver es la huella judía en la ciudad.

 
El origen del nombre de la ciudad de Guadalajara es aún muy discutido, pues aunque se sabe con certeza que fue asentamiento árabe desde prácticamente el siglo VIII, los historiadores no se ponen de acuerdo si con anterioridad ya había en esta zona del valle del Henares un asentamiento íbero, de nombre “Arriaca”, topónimo de la posible voz vascuence “Arriaka", río de piedras o camino de piedras (visto que “harri” significa piedra en vascón) y de la que hasta el momento no hay constancia arqueológica.

Casualmente esta denominación íbera es en la que se basan los árabes para llamar al río que bordea a la ciudad y que daría nombre a esta, Wād al-ḥaŷara, que derivaría una vez castellanizado en Guadalajara, y que significa “río de piedras”, haciendo referencia a la abundancia de cantos rodados en su lecho o bien, como “Valle de los castillos" o "Valle de las fortalezas” nombre que Mahmud Ali Makki le daría por la voz árabe “ḥaŷara”, que pudiera traducirse como edificio fuerte hecho de piedras, es decir, fortaleza, ya que está claro que desde Sigüenza hasta Alcalá de Henares, el río estaría salvaguardado por numerosos castillos durante toda la edad media. Sin embargo, hay que aclarar que desde la invasión árabe hasta, al menos el siglo X, tal como consta en las crónicas de Ahmad Al-Razi, la ciudad sería conocida por el nombre de “Madīnat al-Faray”, ciudad del mirador o del farallón, de la palabra primitiva faray, debido a que la ciudad se situaba sobre una zona rocosa sobre el río Henares. Otros autores consideran que la ciudad se nombraría como “Madīnat al-Faray” en honor a su fundador, Faray.

La antigua Madīnat al-Faray se establecería en un pequeño montículo entre dos barrancos, el Alamín y el Coquín (hoy desaparecido por el crecimiento urbano de la ciudad), que condicionarían más tarde la forma de la ciudad hacia el sur y le servirían como defensa antes incluso de la construcción de las murallas, de las que hoy pueden visitarse sólo algunos torreones y verse algún lienzo.



Al norte, y como entrada desde la vía que ya desde época romana unía Complutum con Segontia, es decir, Alcalá de Henares con Sigüenza, se construye el puente del Henares, que de origen árabe (no se sabe si sobre uno romano anterior), que es la obra más antigua conservada en la ciudad de Guadalajara junto con el Alcázar, y que ha sido siempre la entrada natural a la ciudad alcarreña.


Entre el puente y el Alcázar, extramuros, podemos encontrar la primera huella de la presencia judía, que aunque no visible, si ha quedado documentada en las crónicas de la ciudad medieval (1461). Y es que a los pies del Alcázar, en los terrenos comprendidos entre este y el puente sobre el Henares, se encuentra el llamado “Campo del Osario”, donde los judíos pudieron tener su cementerio durante toda la edad media Desgraciadamente el desarrollo urbanístico del Barrio de la Alcallería o de Cacharrería, llamado así por albergar los talleres de los alcalleros o cacharreros, y el Hospital Provincial no permiten por el momento, cualquier actuación arqueológica sobre la zona. Otros autores, como Juan Catalina García, localizan la necrópolis judía en el llamado “Castil de los Judíos”, donde hoy se encuentra, casualmente, el cementerio municipal, frente de la desaparecida puerta de Feria o torreón de Alvarfáñez, al otro lado del barranco de San Antonio y no muy lejos de esta zona, y es que la tradición local señala que los judíos habitaban extramuros de la ciudad con anterioridad a la conquista cristiana de Guadalajara.


De ser esto cierto esto, parece que esta judería primitiva extramuros fue abandonada mucho antes incluso que la entrada de los cristianos en la ciudad, pues testimonios conservados del siglo XIII documentan a numerosas familias viviendo en el entorno donde se construiría a finales de esa centuria el convento de Santa Clara (En la confluencia de las calles de Miguel Fluiters y Teniente Figueroa), ya en la ciudad.

A través de la desaparecida Puerta de Bradamarte, se accedía desde la 
Alcallería a la ciudad, a la sombra del antiguo Alcázar, hoy cerrado al público por unas obras de restauración que parecen nunca acabar. El Alcázar es uno de los pocos restos que quedan de la antigua Wād al-ḥaŷara. Sería en un barrio no muy lejano al Alcázar donde los judíos habitarían en la ciudad hasta su expulsión.



No se sabe, como en muchas ocasiones hemos hablado, cuando se asentó la comunidad judía en esta ciudad, pero parece que la invasión de la península por las tropas musulmanas, encabezada por Tarik y Musa, trajo consigo una importante población que, o bien acompañaban a las tropas árabes, o bien ya habitaban en la península y se movieron al abrigo de la protección que estos les daban frente a los visigodos. A las comunidades judías se les encomendó la administración y defensa de la plaza, mientras el ejército árabe continuaba su conquista rumbo al norte, y posiblemente supusieran la primera población en Guadalajara. Fuera esto cierto o no, sí que es verdad que durante el periodo de dominación árabe en Guadalajara, entre los siglos VIII al XI, la colonia judía fue numerosa e influyente, sin que se pueda concretar si además del llamado “Castil de los Judíos”, la población judía se ubicara, como he comentado, en una parte concreta de la ciudad.

El dominio andalusí de la ciudad duró casi cuatro siglos, hasta que a finales del siglo XI pasó a manos de Alfonso VI de Castilla, aunque con anterioridad ya había sufrido algún saqueo por parte de Fernando I de Castilla a finales del año 1050. Fue Álvar Fáñez, lugarteniente de El Cid, el que dirige a las tropas castellanas en la toma de la ciudad en la primavera de 1085. Cuenta Alvar Fáñez en sus crónicas, que cuando entró en la ciudad, halló que en ésta moraban juntos musulmanes y judíos sin problemas. La conquista cristiana permitió en estos primeros años del siglo XI, un respeto a las costumbres y tradiciones tanto de musulmanes como a los hebreos. 
Precisamente, en los siglos de la Edad Media, bajo dominio cristiano en la ciudad, fue cuando los judíos de la ciudad arriacense adquirieron un mayor poder económico y pudieron desarrollar una intensa vida cultural, lo que no significa que no fueran objeto de numerosos abusos por parte de la población cristiana.


En el 1133, Alfonso VII, concede a la ciudad un estatuto para regular la vida de la Ciudad y Tierras de Guadalajara, el llamado “Fuero Corto”, en el que se recogen leyes para establecer el desarrollo económico y el establecimiento de las reglas de convivencia entre cristianos, mudéjares y judíos. En este primer fuero, los judíos son equiparados totalmente a los caballeros para la debida defensa de la ciudad, y, de esta manera, se reconoce a los judíos como pieza fundamental del sector económico y cultural de la ciudad. Según este fuero arriacense, los dos tercios de los judíos varones y en edad propicia, deberían acompañar al rey en sus campañas. El resto protegería la plaza de posibles ataques y se encargaría de recaudar las rentas de la Corona. Posteriormente en el 1219, en el llamado “Fuero Largo,” el rey Fernando III concede a la ciudad alcarreña una ampliación de su jurisdicción y se establece un nuevo organismo de gobierno, el concejo de la ciudad, pero, sin embargo, esta nueva normativa no vino acompañado de un aumento de las regulaciones y libertades sobre las poblaciones judías o mudéjares.

Durante el reinado de Alfonso X, la protección del rey aseguró el desarrollo económico de la población, mediante la defensa de sus comerciantes y la autorización de sus ferias y mercados, lo cual supuso una gran ventaja para la población judía que ya copaba parte del sector comercial. Se sabe que la aljama de Guadalajara en 1290 pechaba durante el reinado de Alfonso X con 16.986 maravedíes.
Más tarde, y posiblemente como presión de la iglesia católica, un documento fechado en 1293 y firmado por el rey Sancho IV, dispone que los judíos y “moros” de Guadalajara no pudiesen cobrar más del tres por ciento de interés en los préstamos que realizasen. 


Durante el siglo XIV, parece que la población judía de Guadalajara no sufre demasiado, a diferencia de otras aljamas, durante los asaltos de 1391; posiblemente el establecimiento en la ciudad de la familia Mendoza, cuyo destino marcaría en adelante, protegería  a la comunidad hebrea de estos ataques. Sin embargo, esto no quiere decir que se sometiera a la aljama a mayores presiones fiscales. En el año 1444, por ejemplo, la comunidad no pudo pagar más que la tercera parte de sus impuestos, a causa de problemas de malas cosechas y malos negocios, por lo que el rey Juan II trató de paliar la situación, autorizando a los conversos a ser tratados en igualdad de condiciones que los cristianos, medida que utilizada para fomentar las conversiones. Otro ejemplo de este incremento de la presión económica se produce en mayo de 1454, cuando el concejo de la ciudad de Guadalajara decide que las "[...] aljamas de judíos y moros desta dicha çibdad debían ayudar en la costa de la fiesta del Corpus Christi de este año [...]".


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Dentro de la ciudad, la judería parece que ocupó el barrio hoy comprendido entre las calles Ingeniero Mariño, limitando con las murallas sobre el barranco del Alamín, Dr. Benito Hernando al sur que la separaría de la aljama mudéjar y la calle Miguel Fluiters, aunque no se tiene constancia que la judería estuviera separada del resto de la ciudad por murallas interiores. Es en esta parte de la ciudad, entre las calles que forman este barrio, donde queda el único vestigio que hoy podemos encontrar de la presencia judía en la ciudad, la calle de la Sinagoga.


Y es que se sabe con certeza por documentación de la época, que en 1492, existían en la aljama judía de Guadalajara al menos cuatro sinagogas: La sinagoga “Mayor”, la de “Los Matutes”, la del “Midras” y la de “Los Toledanos” según se enumera en el recibo de “bienes comunes que los cabildos e cofradias e aljama de los judíos de la cibdad de Guadalajara tenian e dexaron” al tiempo de la expulsión, en el que además se hace una relación de elementos confiscados, como “lámparas de las sinogas”. En un documento de 15 de abril de 1290 se certifica la venta a “las freyras del monesterio de Santa Clara de Guadalfaiara” de ciertas casas de Samuel Camhy y su esposa, sitas en la collación de San Andrés y lindantes de una parte con otras que fueron de Fernando Peres, “e de la otra la casa que fue sinoga”, de la otra, casas de Munno Ferrandes, y de la otra, la calle, lo que revela la existencia de una quita sinagoga, la sinagoga vieja, que para esa fecha, quizás por cambio de emplazamiento del barrio judío, ya había dejado de utilizarse como templo hebreo.


La llamada Sinagoga Mayor, estaría situada en los alrededores de la calle Ingeniero Mariño, en la parte más baja de lo que hoy abarcaría la judería, junto a la muralla, sin saber con certeza su situación exacta, en donde tras la expulsión se llamó Barrionuevo, así como su cofradía y cuatro casas que circundaban a aquélla, según se refiere en una escritura del 27 de mayo de 1492, diciendo: “quatro pares de casas que estan juntas e al derredor e espaldas de las casas que disen de Sant Pedro e Sant Pablo, que antes solian ser synoga mayor de los judíos”.
En documentos de la época, se hace mención que cuando Don Antonio de Mendoza compró casas y patios para construir su palacio (en la actual Ingeniero Mariño), al ampliarlo su sobrina doña Brianda de Mendoza para el Convento de la Piedad, tuvieron que negociarse las compras con numerosos judíos, habitantes del barrio.


También en el recibo de “bienes comunes", se nombra la “sinoga de los Matutes”, llamada otras veces “sinoga vieja de los Matutes”, y varias casas limítrofes. En una crónica del 17 de agosto de 1490 de Çulema Asayel, dice que “en nombre de la synoga que disen de los Matutes... e los onbres buenos que disen orasion en ella” da en censo perpetuo “una parte de casa” que poseían en la colación “de la iglesia de Sant Gil que ha por alledannos de la una parte otra parte de casas que solia estar junta con la dicha parte de casas que la tiene agora a censo de la synoga mayor... don Huda Ajajes”. Esta llamada Sinagoga de los Matutes estaría situada en lo que hoy es la Plaza de santa Clara, en el solar que hoy ocupa una Caja de Ahorros, junto a la Iglesia de Santiago. Casualmente, si se visita dicha Iglesia, se notará que debe descenderse bastante en su interior para llegar a la base, lo que podría ser muestra de que dicha iglesia estuviera construida sobre los cimientos de la sinagoga, ya que sabemos que durante toda la edad media, las sinagogas no podían sobrepasar en altura a los templos cristianos, por lo que se construían en niveles inferiores al nivel de la calle, para poder hacerlas amplias.



La “sinoga que se dise del midras” estaría en las confluencias de las calles de Ingeniero Mariño y la Calle de la Sinagoga y es de las cuatro de la que menos se conoce, pues poca documentación ha llegado hasta nuestros días.


Respecto a la llamada “sinoga de los Toledanos”, por la copia de un documento en el Archivo General de Simancas, en el Registro General del Sello de Corte dado por los Reyes Católicos en Zaragoza a 10 de septiembre de 1492, se sabe que éstos la donan a los frailes mercenarios del convento de San Antolín, para que hagan en ella una enfermería: “para reme­diar tan grande necesidad como teníades, vos fiziésemos merced de la Sinoga, que se llama de los Toledanos, que los judíos de la dicha Ciudad dexaron, al tiempo que salieron destos nuestros Reynos, donde pudierdes fazer casa de enfermería para que los dichos religiosos se curasen…”. 



Pocos años antes, en 1472, el comendador de dicho convento­ de San Antolín, fray Diego de Muros, junto con el prior del mismo, fray Fernando de San Gil hace censo de unas casas de Guadalajara, propiedad del cirujano hebreo de Guadalajara, don Huda Correr. También, y con fecha del 8 de septiembre de 1473, hace escritura de traspaso "que Abrahem Almafloz, judío sastre, hijo de don Jucaf Almafloz, judío sastre" a dicho convento (fols. 119 v. y 125 v. de dicho ms., respectivamente)
En otro documento de la Biblioteca Nacional de Madrid, Manuscrito 2684 folio 110, el cronista fray, Felipe Colombo escribe de su puño y letra, en el margen de este documento que "esta sinagoga estaba dentro de la ciudad y junto a las casas de don Melchor Calderón", lo que la sitúa entre la actual cuesta de Calderón y en la calle de Benito Hernando esquina a Juan Catalina, donde se edificó el convento de la Piedad, ahora convertido en Instituto de Enseñanza Media.




Como última etapa de este paseo por la judería de Guadalajara, hay que visitar de manera obligatoria, aunque sólo para apreciar la arquitectura civil renacentista de este edificio, el Palacio del Infantado. En él, hoy en día se encuentra el Museo Provincial de Guadalajara, donde, entre otras piezas, se pueden encontrar varias procedentes de las excavaciones arqueológicas del "Prao de los Judíos" de Molina de Aragón, como monedas, collares y otros elementos decorativos.




Bibliografía:
[1] Las juderías medievales en la provincia de Guadalajara F. CANTERA BURGOS y C CARRETE PARRONDO,(Madrid1975)
[2] La Edad Media en Guadalajara y su provincia: Los judíos. G.VIÑUALES FERREIRO. Diputación de Guadalajara, 2003.
[3] Espacios de coexistencia entre moros y judíos en Castilla en la Edad Media: las fiestas G.VIÑUALES FERREIRO Universidad Rey Juan Carlos de Madrid
[4] Registro General del Sello de Corte, folio 28 del 10 de Septiembre del año 1492

sábado, 27 de abril de 2013

La Aljama de Soria


Hay muchas leyendas que hablan sobre el origen del nombre de la ciudad de Soria, pero hay una expresa el legado judío de la ciudad. Para las primeras comunidades judías, el monte, que albergaría más tarde el Castillo, y sobre el cual, en sus laderas se asentarían más tarde dicha comunidad, tendría un nombre, Oria, que evocaría al monte del Templo en Jerusalén, el monte Moriá.


Este origen del nombre de la ciudad, estaría bastante alejado de donde, según estudios etimológicos, el nombre de Soria proviene. Y es que según las últimas investigaciones, Soria sería una palabra compuesta, de origen vasco, procedente de los pobladores que vinieron a la zona durante la repoblación medieval, hacia finales de la Alta Edad Media o principios de la Baja. Estos habrían dado en llamar a la zona como So-ria, de So (que mira o mirador) y oria, de ur-a (río o corriente de agua). Es decir, El Mirador (o El Mirón) del río, en este caso, el Duero.


Sí que es cierto, tras varios años de trabajos arqueológicos, que los primeros asentamientos en Soria se remontan a la edad de Bronce, en la que en el cerro del Castillo existió un castro celtibérico, restos anteriores incluso a la existencia de Numancia. Parece que durante la época de la dominación romana y visigoda Soria careció de importancia estratégica y comercial, caso distinto al de la dominación árabe, en la que el cerro del Castillo contó con una atalaya o pequeña fortaleza que protegería a la pequeña ciudad que empezó a crecer en el collado, y que sería la base de la actual urbe. 
Pero la importancia de esta ciudad, al igual que la del resto de la provincia, llegaría durante la época de la reconquista, en la que se convertiría en un significativo enclave estratégico por su situación junto al Duero, que marcaría la frontera entre los reinos cristianos al norte y los musulmanes al sur.
 

Fue a comienzos del Siglo XII, cuando el rey Alfonso I el Batallador conquista la ciudad a los musulmanes (1119), permite su repoblación y otorga fueros a la ciudad (1129). Es en este siglo XII y por el articulado de sus fueros donde ya se documenta la existencia de la comunidad judía y donde se establecen la regulación de algunas relaciones entre judíos y cristianos (#108, #109 y #129), pudiendo establecerse que la presencia judía  es, por tanto, anterior a estos fueros, de ahí la necesidad de la regulación.

En los fueros de Soria además se indica que los corredores, los encargados de vender y comerciar con objetos y bienes del concejo, serían nombrados por el juez y los alcaldes bien entre los cristianos o bien entre los judíos (Cap. XI, arts. 109-112). Con este punto, se reconoce (y se protege, como se hace en el título 45) la importancia que la comunidad judía tendría en el comercio en Soria, que giraría en torno a la lana, y por supuesto, al igual que sucedió en el resto de ciudades castellanas, jugaría un papel muy importante en el negocio lanar y en el comercio de esta materia. Según Cantera Burgos, las actividades económicas principales de los judíos de la provincia de Soria fueron, además de las de mercaderes en el comercio de lanas, paños, ganados y tenerías, las de prestamistas, arrendadores de rentas y cobradores de las mismas. 
Sin embargo, no todo el articulado de los fueros era proclive a la comunidad judía. En varios títulos (Tit.28/13) se excluía del marco de garantías a los que profesaban otra religión distinta al cristianismo, aunque el fuero mostraría en mejor situación a los judíos al frente  de actividades relacionadas con el comercio que a los musulmanes, que aparecen como siervos y dependientes en grado de semiesclavitud (Tit. 11/3; 12/1).
Pese a que a medida que avanza la edad media, las fronteras se van alejando hacia el sur debido al empuje de los reinos cristianos sobre los musulmanes, Soria seguirá siendo un enclave estratégico debido a las luchas por el territorio entre los reinos de Castilla, Navarra y Aragón, por la importancia de la cabaña trashumante en esta zona y por el mercado de la lana y su peso en el Real Concejo de la Mesta. Por este motivo comercial, la Aljama judía de Soria llegaría a ser una de las las diez aljamas mayores del reino de Castilla durante el Siglo XV. 


Al comienzo de la repoblación de la ciudad, los judíos parece que se concentraron en los aledaños del castillo, según ha quedado documentado:

en el castillo de Soria, dentro del muro principal, hay un cuerpo espacioso en el cual antiguamente hubo trescientas casas y un templo, que hoy dura, aunque arruinado. Muchas de estas casas dicen que eran de judíos, y aquella población, con la que había por fuera, se llamaba alhama”. 

No debe interpretarse esto como que los judíos moraban en el interior de la fortaleza, sino en sus alrededores o inmediaciones, aunque sí que la comunidad judía tuvo a su cargo, como fue habitual en los reinos hispanos durante la edad media, la defensa de la fortaleza a cambio del disfrute de una total libertad de movimientos, el estar exentos de pagar toda clase de monedas y, lo que era más importante, de una especial protección por parte del monarca, como así quedó registrado durante el reinado de Enrique IV en un privilegio existente en el archivo del Ayuntamiento.



Como señalan B. Taracena y J. Tudela en "Soria: Guía artística de la ciudad y su provincia", cobijada en la espaciosa plaza de armas y en las inmediaciones del Castillo (de Oria), vivió apiñada la población judía y fue tan numerosa que era considerada la aljama de Soria como una de las principales de Castilla.


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Por la insuficiencia de espacio en los alrededores del castillo para acoger una población cada vez mayor y por el deseo de los judíos quizás de acercarse a la parte baja de la ciudad, donde se desarrollaba la actividad comercial en torno a la iglesia de Santa María del Azogue, cercana a la colegiata de San Pedro, la comunidad comienza a asentarse en las proximidades de la Plaza Mayor. La Calle del Teatro, que baja hasta dicha Plaza Mayor, se llamaría hasta tiempos no muy lejanos como la Calle de la Judería y se cree que aquí estuvo situada una de las sinagogas que tuvo la aljama de esta ciudad. 


La extensión de la judería abarcaría la cuadrilla de San Juan de Rabanera y la Plaza de Tovasol, hasta la Ermita del Mirón y Puerta de Nájera, donde tal vez tuvieron una sinagoga, según Nicolás Rabal.



También había otra aljama en el llamado arrabal, quizás extramuros, pero que hasta el día de hoy no ha sido fácil de localizar, aunque en los privilegios queda distinguida de la del Castillo.
En la ladera oriental del monte Oria se situó la necrópolis judía, donde, en el Siglo XX, tras unos trabajos de reforestación se encontraron varias tumbas de forma antropomorfa con cabecera oval, cuya estructura sigue modelos cristianos muy habituales en la época, así como una lápida correspondiente a Abraham Satabi que hoy se encuentra en el Museo Numantino de la ciudad de Soria, y confirmándose que la necrópolis se situaba fuera de la murallas de la ciudad. En la actualidad, debido a la gran pendiente y a la falta de adecuación, no es posible su visita.


Por el padrón que hicieron los almojarifes hebreos en la ciudad de Huete para el reparto de los servicios y encabezamientos de los judíos de Castilla, se sabe que la de Soria pagó 1038 maravedíes por encabezamiento. En tiempo del Rey Alfonso X el Sabio, se hizo un padrón, resultando que junto con las doscientas personas que vivían en los alrededores del castillo, en la ciudad de Soria hacían un toral de unos 1200 judíos. 

Según Luís Suárez, con arreglo a las cantidades pagadas por los judíos sorianos en los repartimientos del “Servicio de los castellanos de oro” entre 1486 y 1490, próximas a los 100.000 maravedíes anuales, se puede calcular una población hebrea cercana a las 300 familias en las fechas inmediatamente precedentes a la expulsión.
 
Entre los sorianos judíos más importantes, hay que destacar a Yusuf Albo, uno de los grandes talmudistas del Siglo XV. También al Rabino de la ciudad, Selomoh bar `Ali, autor de "Escolios del Talmud", y discípulo del Maestro Yonah que sería el precursor de la escuela de iluminadores de finales del Siglo XIII y comienzos del XIV. Soria contó además con grandes cabalistas judíos medievales como fueron los hermanos Jacob e Isaacben Ha-Cohén, Sem-Tob ben Abraham ibn Gaón y Abraham Benveniste que en 1432 alcanzaría a ser el tesorero mayor de Juan II.


Parece que por los datos que nos han llegado hasta actualidad, las relaciones entre cristianos y judíos fueron tradicionalmente buenas en Soria hasta mediados del siglo XV, o al menos, no se mencionan en las crónicas de la villa enfrentamientos de importancia. Aunque sí que en 1380, durante la celebración de las Cortes convocadas por Juan II se publican las  disposicionesdictadas contra los judíos en Soria, lo que  caracterizaría a la ciudad, según Menéndez Pidal, por su gran antisemitismo. No obstante, sí que durante las persecuciones durante 1391 la comunidad judía debió sufrir algún acto violento, a juzgar por una carta que el 16 de julio de 1391 envió la reina de Aragón, Doña Violante de Bar, al Arzobispo de Toledo, en el que la propia reina solicita la libertad para Samuel Bienveniste, un judío de Zaragoza, que cuando regresaba de Castilla al reino de Aragón, “hoyendo decir en el camino de Valote, ques era movido en Soria contra los judíos”, se refugió en el castillo de Cabrejas del Pinar, donde lo tenía preso desde entonces el Obispo de Osma. Pero en todo caso, no debieron sufrir demasiado al poder refugiarse en el castillo, según escribió YosefHa-Kohén en su “Emeq ha-Bakka” (El Valle del llanto). 
En seguida, los judíos se recuperarían por la política de protección de los monarcas hacia la población hebrea. Así, el 22 de junio de 1397, el rey EnriqueIII otorga a la aljama de Soria el privilegio de poder pasar semanalmente 20 cargas de vino de Aragón y Navarra, así como mantenimientos diversos para su provisión en el castillo, como recompensa por la defensa y guarda que hacían de la fortaleza. 


A lo largo del último tercio del Siglo XV se comprueba en el caso concreto de la Aljama de Soria como se produce un aumento de la presión sobre los judíos por parte de las autoridades municipales; aunque en general no eran frecuentes las acciones violentas, si se producían reiteradas negaciones a las aljamas a los concursos de la justicia concejil, restricciones en el suministro de víveres, insistencia en los apartamientos y al aislamiento de la comunidad, así como a la contribución en los impuestos locales, lo que provocaba no pocas quejas y pleitos. 

Con la unión de los reinos de Castilla y Aragón comienza a producirse en Soria el declive de la actividad comercial al dejar de ser un lugar de paso entre fronteras. En 1477 los Reyes Católicos declaran la orden de una judería obligatoria en Soria para evitar los dapños que por causa de bevir e morar e estar los judíos entre los christianos se seguían, hordenamos e mandamos que de aquí adelante los judíos non bibiesen nin morasen entre los christianos” que no se extendería al resto de juderías de ambos reinos hasta las Cortes de Toledo de 1480

Unos años más tarde, en 1479, en plena Guerra de Sucesión de Castilla, se producen algunas revueltas antijudías con la excusa de usura de prestamistas judíos de Soria.
Finalmente los judíos son apartados del Castillo en 1487 aunque no definitivamente de la ladera del monte Oria, donde habitarían hasta su expulsión en 1492, año en el que el decreto de expulsión de los judíos marca el comienzo de la definitiva decadencia económica y social de la ciudad de Soria y que duraría hasta bien entrado el Siglo XX.


Bibliografía:

[1] Sinagogas Españolas. Cantera Burgos, Francisco. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Instituto "Benito Arias Montano". Madrid. 1984.
[3] Les Juifs de Soria et Isabelle la Catholique. Julien Weill
[4] Juderías medievales en la provincia de Soria», Homenaje a Fray Justo Pérez de Urbel. Cantera Burgos, Francisco. Silos 1976, pp. 445-482.
[5] Del Pasado Judío en Los Reinos Medievales Hispánicos: Afinidad y Distanciamiento. Yolanda Moreno. pg. 278. 
[6] Soria. Sus monumentos y Arte - Su naturaleza e Historia. Rabal, Nicolás. Barcelona, 1889.
[7] Fontes Iudaeorum Regni Castellae. II: El Tribunal de la Inquisición en el Obispado de Soria (1486-1502). Carrete Parrondo, C, Con una valoración psicológica por M. J.  Castaño González, Salamanca 1985. 
[8] La Soria de los judíos: Sus caracteres elementales. Arevacon - vol. 16 - Museo Numantino/Soria - 2006 - 15pp. Castaño, Javier 
[9]  "Conflictos entre el concejo y la aljama de los judíos de Soria en el último tercio del siglo XV", Cantera Montenegro, Enrique. Anuario de Estudios Medievales, 13 (1983), págs. 583-599.