sábado, 7 de septiembre de 2013

La Aljama de Guadalajara (I)

La ciudad de Guadalajara, como ha ocurrido en tantas otras localidades de la península, poco tiene en la actualidad que mostrar sobre su esplendoroso pasado. Es por este motivo que muchos autores han llegado a comentar de Guadalajara que, por haber sido tierra fronteriza y escenario de conflictos y guerras, ha sido una ciudad con mala suerte. Se suele decir que la ciudad alcarreña tiene más gloria en los libros que recogen las crónicas de su pasado que en lo que hoy en día atesora y que no podemos ver, y sin duda alguna, uno de esos tesoros que no podemos ver es la huella judía en la ciudad.

 
El origen del nombre de la ciudad de Guadalajara es aún muy discutido, pues aunque se sabe con certeza que fue asentamiento árabe desde prácticamente el siglo VIII, los historiadores no se ponen de acuerdo si con anterioridad ya había en esta zona del valle del Henares un asentamiento íbero, de nombre “Arriaca”, topónimo de la posible voz vascuence “Arriaka", río de piedras o camino de piedras (visto que “harri” significa piedra en vascón) y de la que hasta el momento no hay constancia arqueológica.

Casualmente esta denominación íbera es en la que se basan los árabes para llamar al río que bordea a la ciudad y que daría nombre a esta, Wād al-ḥaŷara, que derivaría una vez castellanizado en Guadalajara, y que significa “río de piedras”, haciendo referencia a la abundancia de cantos rodados en su lecho o bien, como “Valle de los castillos" o "Valle de las fortalezas” nombre que Mahmud Ali Makki le daría por la voz árabe “ḥaŷara”, que pudiera traducirse como edificio fuerte hecho de piedras, es decir, fortaleza, ya que está claro que desde Sigüenza hasta Alcalá de Henares, el río estaría salvaguardado por numerosos castillos durante toda la edad media. Sin embargo, hay que aclarar que desde la invasión árabe hasta, al menos el siglo X, tal como consta en las crónicas de Ahmad Al-Razi, la ciudad sería conocida por el nombre de “Madīnat al-Faray”, ciudad del mirador o del farallón, de la palabra primitiva faray, debido a que la ciudad se situaba sobre una zona rocosa sobre el río Henares. Otros autores consideran que la ciudad se nombraría como “Madīnat al-Faray” en honor a su fundador, Faray.

La antigua Madīnat al-Faray se establecería en un pequeño montículo entre dos barrancos, el Alamín y el Coquín (hoy desaparecido por el crecimiento urbano de la ciudad), que condicionarían más tarde la forma de la ciudad hacia el sur y le servirían como defensa antes incluso de la construcción de las murallas, de las que hoy pueden visitarse sólo algunos torreones y verse algún lienzo.



Al norte, y como entrada desde la vía que ya desde época romana unía Complutum con Segontia, es decir, Alcalá de Henares con Sigüenza, se construye el puente del Henares, que de origen árabe (no se sabe si sobre uno romano anterior), que es la obra más antigua conservada en la ciudad de Guadalajara junto con el Alcázar, y que ha sido siempre la entrada natural a la ciudad alcarreña.


Entre el puente y el Alcázar, extramuros, podemos encontrar la primera huella de la presencia judía, que aunque no visible, si ha quedado documentada en las crónicas de la ciudad medieval (1461). Y es que a los pies del Alcázar, en los terrenos comprendidos entre este y el puente sobre el Henares, se encuentra el llamado “Campo del Osario”, donde los judíos pudieron tener su cementerio durante toda la edad media Desgraciadamente el desarrollo urbanístico del Barrio de la Alcallería o de Cacharrería, llamado así por albergar los talleres de los alcalleros o cacharreros, y el Hospital Provincial no permiten por el momento, cualquier actuación arqueológica sobre la zona. Otros autores, como Juan Catalina García, localizan la necrópolis judía en el llamado “Castil de los Judíos”, donde hoy se encuentra, casualmente, el cementerio municipal, frente de la desaparecida puerta de Feria o torreón de Alvarfáñez, al otro lado del barranco de San Antonio y no muy lejos de esta zona, y es que la tradición local señala que los judíos habitaban extramuros de la ciudad con anterioridad a la conquista cristiana de Guadalajara.


De ser esto cierto esto, parece que esta judería primitiva extramuros fue abandonada mucho antes incluso que la entrada de los cristianos en la ciudad, pues testimonios conservados del siglo XIII documentan a numerosas familias viviendo en el entorno donde se construiría a finales de esa centuria el convento de Santa Clara (En la confluencia de las calles de Miguel Fluiters y Teniente Figueroa), ya en la ciudad.

A través de la desaparecida Puerta de Bradamarte, se accedía desde la 
Alcallería a la ciudad, a la sombra del antiguo Alcázar, hoy cerrado al público por unas obras de restauración que parecen nunca acabar. El Alcázar es uno de los pocos restos que quedan de la antigua Wād al-ḥaŷara. Sería en un barrio no muy lejano al Alcázar donde los judíos habitarían en la ciudad hasta su expulsión.



No se sabe, como en muchas ocasiones hemos hablado, cuando se asentó la comunidad judía en esta ciudad, pero parece que la invasión de la península por las tropas musulmanas, encabezada por Tarik y Musa, trajo consigo una importante población que, o bien acompañaban a las tropas árabes, o bien ya habitaban en la península y se movieron al abrigo de la protección que estos les daban frente a los visigodos. A las comunidades judías se les encomendó la administración y defensa de la plaza, mientras el ejército árabe continuaba su conquista rumbo al norte, y posiblemente supusieran la primera población en Guadalajara. Fuera esto cierto o no, sí que es verdad que durante el periodo de dominación árabe en Guadalajara, entre los siglos VIII al XI, la colonia judía fue numerosa e influyente, sin que se pueda concretar si además del llamado “Castil de los Judíos”, la población judía se ubicara, como he comentado, en una parte concreta de la ciudad.

El dominio andalusí de la ciudad duró casi cuatro siglos, hasta que a finales del siglo XI pasó a manos de Alfonso VI de Castilla, aunque con anterioridad ya había sufrido algún saqueo por parte de Fernando I de Castilla a finales del año 1050. Fue Álvar Fáñez, lugarteniente de El Cid, el que dirige a las tropas castellanas en la toma de la ciudad en la primavera de 1085. Cuenta Alvar Fáñez en sus crónicas, que cuando entró en la ciudad, halló que en ésta moraban juntos musulmanes y judíos sin problemas. La conquista cristiana permitió en estos primeros años del siglo XI, un respeto a las costumbres y tradiciones tanto de musulmanes como a los hebreos. 
Precisamente, en los siglos de la Edad Media, bajo dominio cristiano en la ciudad, fue cuando los judíos de la ciudad arriacense adquirieron un mayor poder económico y pudieron desarrollar una intensa vida cultural, lo que no significa que no fueran objeto de numerosos abusos por parte de la población cristiana.


En el 1133, Alfonso VII, concede a la ciudad un estatuto para regular la vida de la Ciudad y Tierras de Guadalajara, el llamado “Fuero Corto”, en el que se recogen leyes para establecer el desarrollo económico y el establecimiento de las reglas de convivencia entre cristianos, mudéjares y judíos. En este primer fuero, los judíos son equiparados totalmente a los caballeros para la debida defensa de la ciudad, y, de esta manera, se reconoce a los judíos como pieza fundamental del sector económico y cultural de la ciudad. Según este fuero arriacense, los dos tercios de los judíos varones y en edad propicia, deberían acompañar al rey en sus campañas. El resto protegería la plaza de posibles ataques y se encargaría de recaudar las rentas de la Corona. Posteriormente en el 1219, en el llamado “Fuero Largo,” el rey Fernando III concede a la ciudad alcarreña una ampliación de su jurisdicción y se establece un nuevo organismo de gobierno, el concejo de la ciudad, pero, sin embargo, esta nueva normativa no vino acompañado de un aumento de las regulaciones y libertades sobre las poblaciones judías o mudéjares.

Durante el reinado de Alfonso X, la protección del rey aseguró el desarrollo económico de la población, mediante la defensa de sus comerciantes y la autorización de sus ferias y mercados, lo cual supuso una gran ventaja para la población judía que ya copaba parte del sector comercial. Se sabe que la aljama de Guadalajara en 1290 pechaba durante el reinado de Alfonso X con 16.986 maravedíes.
Más tarde, y posiblemente como presión de la iglesia católica, un documento fechado en 1293 y firmado por el rey Sancho IV, dispone que los judíos y “moros” de Guadalajara no pudiesen cobrar más del tres por ciento de interés en los préstamos que realizasen. 


Durante el siglo XIV, parece que la población judía de Guadalajara no sufre demasiado, a diferencia de otras aljamas, durante los asaltos de 1391; posiblemente el establecimiento en la ciudad de la familia Mendoza, cuyo destino marcaría en adelante, protegería  a la comunidad hebrea de estos ataques. Sin embargo, esto no quiere decir que se sometiera a la aljama a mayores presiones fiscales. En el año 1444, por ejemplo, la comunidad no pudo pagar más que la tercera parte de sus impuestos, a causa de problemas de malas cosechas y malos negocios, por lo que el rey Juan II trató de paliar la situación, autorizando a los conversos a ser tratados en igualdad de condiciones que los cristianos, medida que utilizada para fomentar las conversiones. Otro ejemplo de este incremento de la presión económica se produce en mayo de 1454, cuando el concejo de la ciudad de Guadalajara decide que las "[...] aljamas de judíos y moros desta dicha çibdad debían ayudar en la costa de la fiesta del Corpus Christi de este año [...]".


Ver La Judería de Guadalajara en un mapa más grande

Dentro de la ciudad, la judería parece que ocupó el barrio hoy comprendido entre las calles Ingeniero Mariño, limitando con las murallas sobre el barranco del Alamín, Dr. Benito Hernando al sur que la separaría de la aljama mudéjar y la calle Miguel Fluiters, aunque no se tiene constancia que la judería estuviera separada del resto de la ciudad por murallas interiores. Es en esta parte de la ciudad, entre las calles que forman este barrio, donde queda el único vestigio que hoy podemos encontrar de la presencia judía en la ciudad, la calle de la Sinagoga.


Y es que se sabe con certeza por documentación de la época, que en 1492, existían en la aljama judía de Guadalajara al menos cuatro sinagogas: La sinagoga “Mayor”, la de “Los Matutes”, la del “Midras” y la de “Los Toledanos” según se enumera en el recibo de “bienes comunes que los cabildos e cofradias e aljama de los judíos de la cibdad de Guadalajara tenian e dexaron” al tiempo de la expulsión, en el que además se hace una relación de elementos confiscados, como “lámparas de las sinogas”. En un documento de 15 de abril de 1290 se certifica la venta a “las freyras del monesterio de Santa Clara de Guadalfaiara” de ciertas casas de Samuel Camhy y su esposa, sitas en la collación de San Andrés y lindantes de una parte con otras que fueron de Fernando Peres, “e de la otra la casa que fue sinoga”, de la otra, casas de Munno Ferrandes, y de la otra, la calle, lo que revela la existencia de una quita sinagoga, la sinagoga vieja, que para esa fecha, quizás por cambio de emplazamiento del barrio judío, ya había dejado de utilizarse como templo hebreo.


La llamada Sinagoga Mayor, estaría situada en los alrededores de la calle Ingeniero Mariño, en la parte más baja de lo que hoy abarcaría la judería, junto a la muralla, sin saber con certeza su situación exacta, en donde tras la expulsión se llamó Barrionuevo, así como su cofradía y cuatro casas que circundaban a aquélla, según se refiere en una escritura del 27 de mayo de 1492, diciendo: “quatro pares de casas que estan juntas e al derredor e espaldas de las casas que disen de Sant Pedro e Sant Pablo, que antes solian ser synoga mayor de los judíos”.
En documentos de la época, se hace mención que cuando Don Antonio de Mendoza compró casas y patios para construir su palacio (en la actual Ingeniero Mariño), al ampliarlo su sobrina doña Brianda de Mendoza para el Convento de la Piedad, tuvieron que negociarse las compras con numerosos judíos, habitantes del barrio.


También en el recibo de “bienes comunes", se nombra la “sinoga de los Matutes”, llamada otras veces “sinoga vieja de los Matutes”, y varias casas limítrofes. En una crónica del 17 de agosto de 1490 de Çulema Asayel, dice que “en nombre de la synoga que disen de los Matutes... e los onbres buenos que disen orasion en ella” da en censo perpetuo “una parte de casa” que poseían en la colación “de la iglesia de Sant Gil que ha por alledannos de la una parte otra parte de casas que solia estar junta con la dicha parte de casas que la tiene agora a censo de la synoga mayor... don Huda Ajajes”. Esta llamada Sinagoga de los Matutes estaría situada en lo que hoy es la Plaza de santa Clara, en el solar que hoy ocupa una Caja de Ahorros, junto a la Iglesia de Santiago. Casualmente, si se visita dicha Iglesia, se notará que debe descenderse bastante en su interior para llegar a la base, lo que podría ser muestra de que dicha iglesia estuviera construida sobre los cimientos de la sinagoga, ya que sabemos que durante toda la edad media, las sinagogas no podían sobrepasar en altura a los templos cristianos, por lo que se construían en niveles inferiores al nivel de la calle, para poder hacerlas amplias.



La “sinoga que se dise del midras” estaría en las confluencias de las calles de Ingeniero Mariño y la Calle de la Sinagoga y es de las cuatro de la que menos se conoce, pues poca documentación ha llegado hasta nuestros días.


Respecto a la llamada “sinoga de los Toledanos”, por la copia de un documento en el Archivo General de Simancas, en el Registro General del Sello de Corte dado por los Reyes Católicos en Zaragoza a 10 de septiembre de 1492, se sabe que éstos la donan a los frailes mercenarios del convento de San Antolín, para que hagan en ella una enfermería: “para reme­diar tan grande necesidad como teníades, vos fiziésemos merced de la Sinoga, que se llama de los Toledanos, que los judíos de la dicha Ciudad dexaron, al tiempo que salieron destos nuestros Reynos, donde pudierdes fazer casa de enfermería para que los dichos religiosos se curasen…”. 



Pocos años antes, en 1472, el comendador de dicho convento­ de San Antolín, fray Diego de Muros, junto con el prior del mismo, fray Fernando de San Gil hace censo de unas casas de Guadalajara, propiedad del cirujano hebreo de Guadalajara, don Huda Correr. También, y con fecha del 8 de septiembre de 1473, hace escritura de traspaso "que Abrahem Almafloz, judío sastre, hijo de don Jucaf Almafloz, judío sastre" a dicho convento (fols. 119 v. y 125 v. de dicho ms., respectivamente)
En otro documento de la Biblioteca Nacional de Madrid, Manuscrito 2684 folio 110, el cronista fray, Felipe Colombo escribe de su puño y letra, en el margen de este documento que "esta sinagoga estaba dentro de la ciudad y junto a las casas de don Melchor Calderón", lo que la sitúa entre la actual cuesta de Calderón y en la calle de Benito Hernando esquina a Juan Catalina, donde se edificó el convento de la Piedad, ahora convertido en Instituto de Enseñanza Media.




Como última etapa de este paseo por la judería de Guadalajara, hay que visitar de manera obligatoria, aunque sólo para apreciar la arquitectura civil renacentista de este edificio, el Palacio del Infantado. En él, hoy en día se encuentra el Museo Provincial de Guadalajara, donde, entre otras piezas, se pueden encontrar varias procedentes de las excavaciones arqueológicas del "Prao de los Judíos" de Molina de Aragón, como monedas, collares y otros elementos decorativos.




Bibliografía:
[1] Las juderías medievales en la provincia de Guadalajara F. CANTERA BURGOS y C CARRETE PARRONDO,(Madrid1975)
[2] La Edad Media en Guadalajara y su provincia: Los judíos. G.VIÑUALES FERREIRO. Diputación de Guadalajara, 2003.
[3] Espacios de coexistencia entre moros y judíos en Castilla en la Edad Media: las fiestas G.VIÑUALES FERREIRO Universidad Rey Juan Carlos de Madrid
[4] Registro General del Sello de Corte, folio 28 del 10 de Septiembre del año 1492

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